Prólogo a Episodios pasionales
 

r como relato

 

En la primera charla que le escuché, hace ya más de veinte años, Borges afirmó con rotundo gracejo que no sólo como escritor, sino sobre todo como lector, prefería el cuento a la novela: "Me derrotó Madame Bovary y la insoportable familia Karamazov". Yo no me animo a suscribir dictamen tan rotundo y aún diría que hay obras de ficción muy extensas de las que no quisiera que se perdiera ni una página: pienso en "Moby Dick". Pienso en "Lord of the Rings" (¡aunque ciertamente no en sus interminables secuelas!), pienso en "Voyage au bout de la nuit", entre varias otras. Pero lo cierto es que me acomodo mejor a las narraciones breves que a las largas: cualquier historia me parece tanto más sugestiva si puede ser leíada de una sentada y en, digamos, no mucho más de una hora. Se da aquí una división esencial entre los lectores, de la misma trascendencia que esa otra que en el terreno gastronómico separa a los aficionados a las vísceras de los que no pueden ni probarlas. Tengo amigos -y, sobre todo, amigas- para quienes el que una novela tenga más de quinientas páginas ya es, en sí mismo, un dato a favor. Como queda dicho, soy de la escuela opuesta: pese al casi inagotable talento desplegado en "Ana Karenina" y "Guerra y paz", nunca me parece Tostoi más indudablemente grande que en la admirable concentración de "La muerte de Iván Illich". Cuanto más se va alargando un relato, más lo veo presa de una faltal impostación, de una suerte de fluidez caprichosa; quien no sabe parar a tiempo, lo mismo podría no detenerse nunca -espantosa tentación- o no haber comenzado jamás, lo que ya in media res parece ridículo. En cualquier caso, expongo aquí un prejuicio, no una preceptiva y por suerte traiciono casi cotidianamente a mi propio gusto con frondosos volúmenes...

La alegría que proporciona un hermoso cuento, una breve historia emocionante, es la más límpida e intensa a que puede aspirarse en literatura. Es de un goce abarcable y conciso, como una carrera de caballos o el rutilar perfecto de un aria. Y tiene asegurada su duración, porque todo lo breve pero punzante es fácil cómplice de la memoria. Si me he atrevido a perpetrar estos esbozos es sólo como homenaje, no por emulación; son una agradecida ofrenda a aquellos que mejor supieron embrujarme con unas pocas páginas. Cuando paso revista a mi gusto más personal, compurebo que mis preferidos pertenecen casi invariablemente al género fantástico y si es en su vertiente pavorosa, mejor: ¡supremo deleite de leer a Poe, a Montague R. James, a Stevenson, a Conan Doyle, a Marcel Schowb, a Borges, a Chesterton, a Cortázar, a Lovecraft, a Jean Ray! No sé si estos son los mejores escritores del mundo: sé con certeza que no los cambiaría por ningún otro y que lo que me han dado es lo más amable -en el sentido fuerte de la palabra- que jamás recibí de la letra impresa. Por diverso e inferior a su talento que pueda parecer lo reunido en este libro, no es a fin de cuentas sino una muestra de reconocimiento y fidelidad.

El curioso lector -como antes solía llamársele, con elogio que espero alguien siga mereciendo- encontrará aquí casi todos los relatos que he escrito hasta la fecha, desde ejercicios tan remotos como "Autofagia" hasta lo concluído ayer mismo. Abundan en patetismo -no es lo que prefiero de ellos- pero espero que también en humor, cierta fantasía y a veces una suerte de didactismo no del todo ajeno al género. En algunos casos, la serie de Narciso es el más notable, he intentado disfrazar con una leve trama narrativa reflexiones sobre el hilo fugaz de la actualidad. Me pareció en su momento que ésto era lo más adecuado para el medio periodístico al que se dirigían, pero quizá el inmisericorde tiempo no perdone la torpeza del subterfugio. Como también tengo derecho a ser lector de mí mismo -aunque a nadie se lo demandaría, quedando tanto bueno por leer- confesaré mis preferencias dentro de esta colección: "Habitaciones individuales", que la abre, y "Orden de la luna", una falsa historia de licantropía. Por último, nada me excusa de estos intentos narrativos salvo lo que me he divertido escribiéndolos: !ojalá un poco de ese alborozo llegue con su pureza intacta y juguetona hasta el lector!

Donostia, 25 de septiembre de 1985