Habla Peter Pan
 

p como peter pan

 

Voy a enseñarte a volar, niña Wendy. Ven, cierra los ojos, tiende los brazos, respira muy hondo por la nariz, salta hacia el norte, busca tu estrella... ven. Seré tu hermano volador, tu antipadre; vamos a irnos juntos como globos errantes, como meteoritos ascendentes y generosos, con el viento de lo alto despeinándonos cariñosamente como si fuese la mano brusca y tierna que el héroe, desde su caballo, pone sobre la cabeza del niño que le admira al pasar. Subiremos, Wendy; ¡no hay nada como volar ! Y reiremos, reiremos, porque la risa es el combustible de nuestro vuelo, la propulsión que vence la gravedad de lo imposible. Para volar, hay que dejar de ser graves y reír... ¿Quieres saber adónde iremos? Ya te lo imaginas, pero como te gusta oírlo de nuevo voy a repetírtelo: al país de Nunca Jamás. Para llegar hasta allí no es preciso viajar mucho, aunque la distancia que nos separa de él sea infranqueable para la mayoría. Para llegar a Nunca Jamás no hay que trasladarse, sino tansformarse y esto es algo que no resuelven las agencias de viajes. ¿O será mejor decir: no transformarse, resistir el vértigo de las transformaciones que nos acerca a la vejez, la respetabilidad responsable y la muerte? Debemos transformarnos en lo inmutable, Wendy, debemos convertirnos sin cesar en permanentes: para ser eternos, tenemos que ser como niños. ¿Se puede ser como un niño sin ser un niño? Ése es el único y verdadero problema. Porque bien mirado, el niño es la negación más flagrante de la inmutabilidad y lo permanente; al lado de sus constantes modificaciones -día a día, minuto a minuto- la petrificación estable y conservadora del anciano es un monumento de granito. Cuanto más crecemos, menos cambiamos, según me cuentan (te imaginarás lo difícil que me es hablar de estas cosas a mí, que no sé crecer): en los cinco primeros años de nuestra vida sufrimos transformaciones infinitamente más importantes -cuantitativa y cualitativamente- que en los setenta o noventa restantes. Ser un niño inmutable es un círculo cuadrado: el auge es más rápido que la decadencia, o mejor, el auge es la forma más rápida de decadencia y la decadencia es un auge que comienza a frenar. ¡Ay, Wendy, que yo sólo quería enseñarte a volar, hablarte de los piratas, indios y fieras de Nunca Jamás, y aquí me tienes, dándote una lección de metafísica sobre el problema del tiempo! Pero no decaigas, niña mía: subamos, subamos...

Déjame que te hable del capitán Garfio, aunque no sea más que para amenizar nuestra travesía hacia Nunca Jamás. A Garfio, que es un buen pirata, es decir, muy malo, traidor, ostentoso, fanfarrón y ávido de lo ajeno, a Garfio le persigue eternamente un cocodrilo. Ese bicho le comió una vez el brazo izquierdo, con reloj y todo, y le supo tan bueno que ya no piensa más que en comerse el resto. Pero el tic-tac del reloj tragado advierte a Garfio de que su enemigo se acerca : vive huyendo, el pobre, de ese reloj que pretende devorarle y un día u otro lo conseguirá. A mí me pasa lo mismo, ¿no te das cuenta ? Garfio y yo somos hermanos de cocodrilo, o, si prefieres, lloramos las mismas lágrimas cocodrilescas cuando oímos el sonido de un reloj. El día que nos despertemos -el día que el cocodrilo nos alcance- vamos a resultar hermanos Garfio y yo, ya lo verás; hermanos de cocodrilo y de Nunca Jamás, hermanos de princesa india raptada, hermanos de ocio y de aventura, hermanos improductivos, rapaces, audaces, ligeros, volubles, superfluos... Nadie entiende a Garfio como yo le entiendo y nadie me entiende como me comprende él: por eso somos enemigos mortales, ya que también el odio es una forma de parentesco y no la menos noble, a fe mía. ¿Me preguntas cuál es el cocodrilo que lleva el reloj amenazador de mi tiempo en su panza? Por favor, Wendy, desde hace rato no te hablo de otra cosa: tú eres el cocodrilo que sigue mi rastro por los caribes de Nunca Jamás, tú eres el cronómetro que envenena la eternidad inverosímil de la que me reclamo, tú eres la aliada de lo que va a desterrarme a la madurez... ¡mi dulce, anhelosa y anhelada, mi fugaz Wendy!