- Pero, veamos, señor -explicó al juez.- Ya le he dicho que todas esas cosas me fueron confiadas por una persona, porque yo trabajo con un abogado, para venderlas y luego colocar el dinero en casa de mi patrón.

- ¿Quién era esa persona? -preguntó el juez.

El hombre reflexionó y dijo:

- Espere un momento; ahora, así de pronto, no me acuerdo. Ya lo recordaré.

Entonces el juez, tomando la palabra, le hizo ver la inconsistencia de su método. Se lo demostró, conservando una especie de respeto hacia el personaje exterior que el hombre representaba, una cierta piedad por su actitud abatida, por sus razonamientos de idiota. Lo llamó suavemente "amigo mío", probándole una a una sus contradicciones. Le explicó su crimen, porque parecía no comprenderlo. Le hizo ver lo grave, lo abobinable que era; insistió en todas las pruebas que lo acusaban, y terminó con una elocuente perorata en la que repitió a menudo en que el Presidente se inclinaba en hacer uso del derecho supremo en favor de quienes confesaban.

El hombre pareció apreciar la indulgencia del magistrado, e hizo uso de la palabra a su vez, cuando el juez hubo callado. Hasta ese momento su voz había sido descolorida, monótona, impersonal. Era imposible recordar otro tono parecido al suyo. No había en él matices; era gris y uniforme como el terroso rostro del personaje. Mas cuando el hombre respondio a la exhortación del juez, hizo también él una especie de exhortación. Los tonos de voz se fueron acentuando y se convirtieron en pálida imitación de los tonos de voz con que el magistrado se dirigiera a él. Las palabras que acudían a sus labios eran copia de las que escuchara.

Su discurso fue negativo: se limitó simplemente a rechazar las concreciones y a negar las pruebas. No podía contar con la clemencia del presidente, puesto que ignoraba el crimen.

Cuando llegó a este punto el juez debió interrumpirlo. A pesar de la seriedad del hombre y del horror del crimen, el secretario sonreía al escribir. Ante el escritorio del juez de instrucción había un ser extraño que parodiaba al magistrado con verdadero talento, que daba color a su monótona voz con las entoncaciones del juez, y le daba rostro opaco con las expresivas arrugas del rostro situado ante él, que parecía llenar sus flotantes ropas con gestos copiados a la perfección. A tal punto, que la apariencia imprecisa que había asombrado al juez de instrucción cuando entrara el acusado, se convertía ahora en la imagen clara, exacta, de un hombre de ley que discute con un colega; como si se hubieran acentuado los rasgos de un dibujo borroso, gris y esfumado, hasta concederle la nitidez de un aguafuerte en que el blanco grita contra el negro.

El juez fue al nudo del asunto con autoridad. Ya no discutió las posibilidades sino los hechos. El cuello de la víctima había sido cortado por una mano experimentada, y se sabía con qué arma. El juez puso ante los ojos del hombre un cuchillo, manchando de sangre, que se había encontrado tras de su cama... Un grueso cuchillo de carnicero. El canto de la hoja era ancho como la mitad de un dedo. Era la primera relación visible entre hombre y el crimen. El efecto fue asombroso.

Una ola recorrió por entero todo el personaje y puso su rostro en movimiento. Los ojos se agitaron y se tornaron claros. El pelo se erizó hasta las patillas, que parecieron ser su prolongación. Se marcaron arrugas en las sienes y en la boca. El rostro del hombre tenía ahora una malvada fijeza; y, con extraño gesto, como si acabara de ser despertado, se frotó dos o tres veces por debajo de la nariz, con el índice. Luego comenzó a hablar con acento pausado, las manos ya no torpes, sino siguiendo con gestos las palabras. Eran palabras dirigidas evidentemente a otras personas que no estaban allí. El juez tuvo que contarle dónde se encontraba. El hombre se extremeció ante la pregunta, su boca se abrió sin esfuerzo, y el torrente desbordó de ella:

- ¿Qué dónde estoy? ¿Qué dónde estoy? ¡Y bien, en mi casa, por supuesto! ¿Qué diablos puede importarte dónde estoy? -Tomó una pluma de sobre la mesa.- Esto se moja en una escupidera sucia. Nunca la utilicé tanto como ahora. Sirve para enredar a los tipos del babero. Ellos fueron buenos. Estuve con el de la toga roja. Allí yo estaba bien vestido y el se tragó que yo trabajaba con este instrumento. ¡Buenos tontos! ¡Bah! Es como el cuento de las alhajas. ¡Ah, pero no son estúpidos! Conocen bien su trabajo. Se andan con guante blanco. Pero yo lo embromé, al otro zoquete. Le arruiné el discurso; lo despisté con un buen camelo; algo bien largo. Yo no les tengo miedo a los tipos que cambian de actitud como de camisa. Hice mi trabajo solo. Y voy a descansar en mi asiento.

El hombre se dirigió al sillón del juez, que se incorporó estupefacto y le cedió el lugar.

En cuanto se sentó se produjo la reacción: sus mejillas empalideciron, la cabella cayó hacia atrás, los párpados se cerraron... y todo el cuerpo se desplomó inerte.

Y el juez, de pie a su vez ante el hombre, se planteó un temible dilema. De los dos personajes simulados a medias que tuviera ante sí, uno era culpable y el otro no. Este hombre era doble y tenía dos conciencias; pero de ambos seres reunidos en uno solo ¿cuál era el verdadero? Uno de los dos había actuado, pero ¿era ese el ser primordial? En el hombre doble que se había revelado ¿dónde estaba el hombre?

 

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[Corazón doble, traducción de Amanda Forns de Gioia para Montesinos]

[Ilustraciones: Robert Delannoy]

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