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Las fiestas en el Bois eran muy frecuentes. Concursos hípicos, con los caballos que lanzaban a sus jinetes al suelo y huían galopando, riendo con todos los dientes, y la cascada iluminada, regatas en el lago, desfiles de coches adornados con flores y carreras de bicicletas.

El vencedor -yo creo que muchas veces se llamaba Jacquelin- desfilaba también por la avenida del Bois, con su cochero, en un gran coche de cuatro caballos, la cola como si hubiera salido de la peluquería y las ancas enceradas como el parquet de la casa de mi padre.

En un pequeño ferrocarril solíamos ir, también, al Jardín de Aclimatación.

Las fieras estaban encerradas detrás de las rejas y no tenían un aspecto muy feliz, pero disfrutaban de un poco más de lugar que los de la Ménagerie Pezon.

Yo montaba sobre el elefante, daba una vuelta, esto no parecía molestarle demasiado, aunque fuéramos varios, no pesábamos mucho.

Pero lo que me gustaba por encima de todo eran los invernaderos. Allí se estaba bien, como bajo el agua de tormenta, era inmenso, completamente de vidrio, con un olor a selva virgen, como en los libros de viajes.

Las plantas eran grandes como árboles y sobre el agua flotaban los nenúfares, grandes como pequeñas embarcaciones. En los invernaderos reinaba siempre el silencio, aun cuando estuvieran llenos de gente.

Delante de los animales, la gente hablaba muy fuerte, especialmente delante de los monos. Pero delante de las plantas se callaban, como en las iglesias, y era en voz baja que leían los nombres escritos en latín, en pequeños carteles. Todo era verde, incluso el calor, y la gente no estaba acostumbrada a eso.

En París, íbamos también a casa Dufayel, para comprar cosas a crédito, y, al mismo tiempo, ver el cinematógrafo, la linterna mágica que se movía.

Otras veces, íbamos más lejos, al Champ-de-Mars, con Buffalo Bill, la cacería del bisonte y el ataque a la diligencia, pero, en realidad, con los pieles rojas y su pintura de guerra, los cowboys, con su lazo, y los fenómenos que Buffalo Bill había traído también de Norteamérica.

Estaba también el hombre azul. No hacía nada, se le lanzaban monedas. No daba las gracias. Permanecía callado. Estaba completamente desnudo, totalmente azul, era su oficio, pero era también, en apariencia, su enfermedad.


Tanto si brillaba el sol como si caían las hojas, o la nieve, mi madre nos llevaba al Bois.

A mí me gustaba mucho el Bois, pero prefería las orillas del Sena, donde mi padre a veces me llevaba.

Ibamos a la isla de la Jatte, y allí vivían los pescadores furtivos llamados ravageurs.

¡Comenzaba a descubrir los misterios de París, que mi padre amaba tanto! En el Bois, felizmente, había bichos, pájaros, rincones de agua. Yo jugaba con mi hermano Jean, comíamos barquillos y bebíamos coco.

Mi hermano era el primogénito -dos años mayor que yo-, bien parecido, serio, y ya iba a la escuela. Sabía leer y escribir. Yo no tenía deseos de aprender esas cosas.

Yo lo quería porque era mi hermano. No reíamos nunca por los mismos motivos, o quizá nunca al mismo tiempo.

[...]

Fue mi madre quien me enseñó a leer, porque era necesario pasar por ello. Lo hizo con un alfabeto, naturalmente, pero especialmente con El Pájaro Azul, con La Bella y la Bestia y La Bella de los Cabellos de Oro, con El Pequeño Sastre y Los Músicos de Bremen.

Como todas las bellas muchachas del mundo, mi madre también tenía los más hermosos ojos, de un azul completamente azul y completamente alegre. A veces enrojecía, o mejor, se volvía enteramente rosa, y era como las reinas que se pintan en los cuadros, y hasta el día de hoy yo la veo nítidamente, como en un film, con un ramo de violetas en el pecho, un pájaro en el sombrero, una violeta modelando su rostro y su sonrisa siempre joven. Pero era mucho más real que una actriz, todo lo que hacía era verdadero y jamás desempeñaba papel alguno. Mi madre era una estrella de la vida.

Cuando por la calle, en el mercado o no importa dónde, le decían que era hermosa, enrojecía, un poco turbada, y después estallaba en risas: «Es la risa loca», decía, «la tenía ya desde pequeña y no termina nunca. Es más fuerte que yo, más fuerte que las lágrimas que jamás vertí.» Y habiéndome cogido, a mi turno, la risa loca, ella agregaba: «¿Ves? Es contagiosa. Hay algunos que contraen el frío, otros, la alegría...»

 

[Infancia, traducción de Cristina Peri Rossi para Lumen]

[Ilustraciones: Imágenes de Le jour se leve, de Marcel Carné, con guión de Jacques Prévert]

 

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