[1/1] fragmento número trece

La escuela

Tengo tres recuerdos escolares. [1]

El primero es el más desvaído: es en el sótano de la escuela. Nos empujamos unos a otros. Nos hacen probarnos las máscaras antigás: los grandes ojos de mica, el trasto que cuelga por delante, el olor repugnante del caucho.

El segundo es más claro: yo bajo corriendo -no exactamente corriendo: a cada zancada, salto una vez con el pie que acaba de posarse; es una manera de correr a medio camino entre la carrera propiamente dicha y el salto a la pata coja, muy frecuente en los niños pero del que no conozco una denominación particular-, bajo, así pues, por la calle des Couronnes llevando un dibujo que he hecho en la escuela (exactamente, una pintura) y que representa a un oso pardo sobre fondo ocre. Estoy ebrio de alegría. Grito con todas mis fuerzas: «¡Los oseznos! ¡Los oseznos!»

El tercero es, aparentemente, el más ordenado. En la escuela nos daban puntos positivos. Eran cuadraditos de cartón amarillos o rojos en los que ponía «1 punto», rodeado de una guirnalda. Cuando teníamos cierta cantidad de puntos positivos al cabo de la semana, teníamos derecho a una medalla. A mí me apetecía tener una medalla y un día la conseguí. La maestra me la prendió en la bata. A la salida, en la escalera, hubo un empujón que repercutió de escalón en escalón y de niño en niño. Yo estaba en medio de la escalera e hice caer a una niña pequeña. La maestra creyó que lo había hecho a propósito, se precipitó sobre mí y, sin prestar oído a mis protestas, me arrancó la medalla.

Me veo bajando por la calle des Couronnes corriendo de esa manera particular que tienen los niños de correr, pero todavía siento físicamente ese empujón en la espalda, esa prueba flagrante de injusticia; y la sensación cinética de ese desequilibrio impuesto por los demás, llegado por detrás y que me empuja, ha quedado tan fuertemente inscrita en mi cuerpo que me pregunto si ese recuerdo no enmascara en realidad exactamente lo contrario del mismo: no el recuerdo de una medalla arrancada, sino el de una estrella prendida con alfileres.


[1] Ha sido prácticamente al redactar estos tres recuerdos cuando ha acudido a mí un cuarto: el de los mantelillos de papel que hacíamos en la escuela: disponíamos paralelamente unas tiras estrechas de cartón ligero de distintos colores y las cruzábamos con otras tiras iguales pasándolas una vez por encima y otra por debajo. Recuerdo que este juego me encantaba, que comprendí rápidamente su principio y que lo hacía muy bien.


[W o el recuerdo de la infancia, traducción de Alberto Cravería, para Península]