[1/1] fragmento número cinco

El sol pega sobre las láminas del tejado. El calor en la buhardilla es insoportable. Estás sentado, arrinconado entre el banco y la repisa, con un libro abierto sobre las rodillas. No lees ya desde hace rato. Tus ojos se quedan clavados en la repisa de madera blanca, en una palangana de plástico rosa dentro de la cual se enmohecen seis calcetines. El humo de tu cigarrillo abandonado en el cenicero se eleva, en línea recta o casi, y forma una capa inestable bajo el techo marcado por minúsculas fisuras.

Algo se rompía, algo se ha roto. Ya no te sientes -¿cómo decirlo?- sostenido: algo que, te parecía, te parece, te ha confortado hasta entonces, te ha alegrado el corazón, el sentimiento de tu existencia, de tu importancia casi, la impresión de estar adherido, de nadar en el mundo, de pronto te abandona.

No eres sin embargo de esos que se pasan las horas de vigilia preguntándose si existen, y por qué, de dónde vienen, qué son, adónde van. Nunca te has interrogado seriamente sobre la anterioridad del huevo o de la gallina. Las inquietudes metafísicas no han marcado notablemente los rasgos de tu noble rostro. Pero nada queda de esa trayectoria como de flecha, de ese movimiento hacia adelante en el cual se te ha invitado, desde siempre, a reconocer tu vida, es decir, su sentido, su verdad, su tensión: un pasado rico en experiencias fecundas, en lecciones bien aprendidas, en radiantes recuerdos de infancia, en espléndidos gozos campestres, en estimulantes vientos marinos, un presente denso, compacto, comprímido como un muelle, un futuro generoso, reverdeciente, airoso. Tu pasado, tu presente, tu futuro se confunden: son tan sólo la pesadez de tus miembros, tu migraña insidiosa, la lasitud, el calor, la amargura y la tibieza del Nescafé. Y, si hace falta un decorado para tu vida, no es la majestuosa explanada (generalmente una espectacular ilusión de perspectiva) donde se agitan y emprenden el vuelo los rollizos hijos de la humanidad victoriosa, sino, por más que te esfuerces, por más que todavía abrigues alguna ilusión, este estrecho camaranchón que te sirve de cuarto, este desván de dos metros noventa y dos de largo, por un metro setenta y tres de ancho, o sea un poquito más de cinco metros cuadrados, esta buhardilla de donde no te has movido desde hace muchas horas, desde hace muchos días: estás sentado sobre un banco demasiado corto para poder, durante la noche, extenderte cuan largo eres, demasiado estrecho para poder darte la vuelta sin precaución. Miras, con ojos ahora casi fascinados, una palangana de plástico rosa que contiene no menos de seis calcetines.

Permaneces en tu buhardilla, sin comer, sin leer, casi sin moverte. Miras la palangana, la repisa, tus rodillas, tu mirada en el espejo cuarteado, el tazón, el interruptor. Escuchas los ruidos de la calle, la gota de agua en el grifo del rellano, los ruidos de tu vecino, sus carraspeos, los cajones que abre y cierra, sus accesos de tos, el silbido de su tetera. Observas, en el techo, la línea sinuosa de una delgada grieta, el itinerario inútil de una mosca, la progresión casi reconocible de las sombras.

Esto es tu vida. Esto te pertenece. Puedes hacer el inventario exacto de tu escasa fortuna, el balance preciso de tu primer cuarto de siglo. Tienes veinticinco años y veintinueve dientes, tres camisas y ocho calcetines, algunos libros que ya no lees, algunos discos que ya no escuchas. No tienes ganas de acordarte de otra cosa, ni de tu familia, ni de tus estudios, ni de tus amores, ni de tus amigos, ni de tus vacaciones, ni de tus proyectos. Has viajado y no has traído nada de tus viajes. Estás sentado y no quieres más que esperar, sólo esperar hasta que no haya nada que esperar: que llegue la noche, que suenen las horas, que los días pasen, que los recuerdos se borren.

No vuelves a ver a tus amigos. No abres la puerta. No bajas a buscar el correo. No devuel ves los libros que sacaste de la Biblioteca del Instituto Pedagógico. No escribes a tus padres.

Sólo sales a la caída de la noche, como las ratas, los gatos, los monstruos. Deambulas por las calles, te deslizas dentro de los pequeños cines mugrientos de los Grands Boulevards. A veces caminas toda la noche, a veces duermes todo el día.

 

[Un hombre que duerme, traducción de Eugenia Russek-Gérardin para Anagrama]